Los enfrentamientos bélicos, en muchas ocasiones, han servido para aguzar el ingenio del que el hombre se vale para intentar derrotar al enemigo.
Con las innovaciones de la Ciencia y la Tecnología dentro del conflicto armado, el campo de batalla se amplía, rebasando sus límites para alcanzar territorios y espacios en los que no se enfrentan los hombres cuerpo a cuerpo.
Así sucedió en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Imperio Británico comenzó a fabricar radares que eran capaces de rastrear la formación y el desplazamiento de tormentas para prever las condiciones meteorológicas, además de poder detectar la presencia y el movimiento de la aviación y de las embarcaciones de la flota alemana. El perfeccionamiento de los radares llegó a lo largo de la contienda, cuando el Laboratorio de Radiación del Massachusetts Institute of Technology mejoró de forma decisiva la técnica de su fabricación. El Radar, debe su nombre al acróstico “Radio Detection And Ranging”. Un radar es un sistema de teledetección provisto de sensores (capaces de emitir un haz energético propio que, poco después, se recoge tras su reflexión sobre la zona o superficie que se pretende observar). Dichos sensores, lo que hacen, es trabajar en la región de las microondas del espectro electromagnético. Hay dos tipos de radares: los radares fijos y los radares móviles. Los radares móviles son aquellos que se instalan en plataformas o armazones aéreos o satélites. Tienen la ventaja de trabajar con longitudes de onda más largas y de adaptarse, o no provocar errores, sea cual sea la condición atmosférica en la que realicen sus tareas de observación. Este tipo de radares se utiliza con gran éxito en zonas de gran nubosidad o precipitaciones ya que su sistema (las microondas no interactúan con el agua o la niebla que se encuentra en el cielo) resulta más preciso que el de los radares de tipo fijo. Muchos países han desarrollado sus propios sistemas de radares móviles, entre los que destacan: el ERS-1 de tecnología europea, el Radarsat de Canadá, el Jers de Japón o el SAR (Synthetic Aperture Radar).
Para el estudio de fenómenos meteorológicos que generan altas velocidades de los vientos, que generan tornados, huracanes etc. se utiliza el radar denominado Doppler. Este tipo especial de radar tiene la capacidad de medir la velocidad de objetivos sólidos o líquidos, con una altísima fiabilidad, a pesar de que el desplazamiento se efectúe a grandes velocidades. Con este tipo de radar se estudia el movimiento que tiene lugar en la atmósfera, detectando el curso de cualquier tipo de fenómeno para realizar labores informativas y preventivas para la población de la posible zona afectada. Dentro de la categoría de los radares móviles encontramos, por último, lo que se ha venido en llamar aviones “caza huracanes”. Se trata de observatorios volantes diseñados con la intención de estudiar, de forma específica, la formación y desarrollo de ciclones tropicales.
Los radares fijos utilizados para la detección del movimiento climático trabajan desde un punto fijo anclado a la Tierra. Este condicionamiento les obliga a trabajar con ondas de más corto alcance. Cómo funciona un radar: Ante todo hay que resaltar que el radar lo que hace es un estudio de la morfología interna de los procesos meteorológicos que se suceden en el cielo, es decir, no se limita a retratar un área específica de estudio, sino que, por ejemplo, averigua qué es lo que se esconde tras la formación de una nube. El radar lo que hace es detectar la presencia de gotas de agua y/o partículas de hielo que se encuentran en el aire. El radar emite un impulso de radiación microonda y registra el eco de las radiaciones que se detectan en el retorno al ser reflejadas por dichas gotas de agua o por las briznas de hielo. Dependiendo de la capacidad y la sensibilidad de la que esté provisto el radar, se puede llegar a controlar y observar no sólo la distancia en la que se sitúa el objeto (agua o hielo) que produce el eco, sino también la dirección o el sentido que sigue, como tal, el fenómeno atmosférico.
Cada operación de medición realizada llega reflejada a una pantalla que, por medio de un haz de rayos catódicos, dibuja el objeto de estudio. La pantalla, llamada P.P.I. (Plan Position Indicator) suele ser de forma circular y se acopla de tal manera que su centro se hace coincidir con la imagen del propio centro emisor. Cuanto mayor sea el tamaño y la concentración de los objetos que se registran en pantalla, esto es, cuanto mayor sea el volumen de agua o hielo encontradas, mayor intensidad alcanzará el eco del radar.
Junto a los satélites meteorológicos, los radares, son fuentes de gran utilidad para realizar labores de predicción meteorológica a corto plazo. Para alcanzar la fiabilidad de las observaciones que proporciona un radar es fundamental conocer con detalle la topografía de la zona o área de estudio. La técnica en la construcción y fabricación de los radares, que desde su creación a mediados del siglo pasado ha evolucionado de forma considerable, todavía necesita depurar posibles errores que pueden desprender la interpretación de ecos que llegan a la pantalla P.P.I. del radar.

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