Junto a Inocencio Font, Francisco Hernández está considerado como uno de los meteorólogos españoles más importantes del siglo XX.
Maestro y estudioso de la meteorología por pura vocación, Hernández fue condecorado en diversas ocasiones por sus informes climatológicos entre 1911 y 1975, años en los cuáles no faltó ni un solo envío de su tarjeta pluviométrica.
Natural de Laredo, Cantabria, Juan Francisco Hernández González-Orejón de la Lama vino al mundo el 8 de febrero de 1889. Siempre interesado desde pequeño por los fenómenos climatológicos, el joven Francisco fue un alumno destacado durante sus años escolares, algo que le facilitó la obtención del Título de Maestro de Enseñanza Superior con tan sólo 21 años, siendo destinado a la población de Reinosa, dentro de la provincia de Santander, una localidad situada a más de 900 metros de altitud, donde rápidamente obtuvo un gran reconocimiento popular gracias a los conocimientos que mostraba, tanto en el aula como fuera del colegio (no pasó mucho tiempo antes de que los habitantes le adoptaran y le nombraran Maestro de la Villa). En dicha ciudad se estableció y contrajo matrimonio dos años más tarde con María Pilar Treceño.
Tanto la situación territorial de Reinosa como sus excepcionales condiciones climatológicas, hicieron que este maestro cántabro retomara su curiosidad por el mundo de la meteorología, convirtiéndola en pasión. Unos años antes, concretamente en 1906, Manuel Lorenzo Prado se trasladó a Reinosa para estudiar y construir el famoso embalse del Ebro, medir y estudiar el terreno, hecho que con la llegada, cuatro años después, de nuestro protagonista, propició una gran amistad entre ambos personajes. Prado y Hernández solían pasar muchas tardes juntos, hablando sobre el proyecto del futuro embalse e inspeccionando los diversos terrenos donde se alzaría la gran obra. De momento, Francisco Hernández ocupaba su tiempo entre la enseñanza y su colaboración con Prado, pero un hecho provocaría que el futuro meteorólogo dejara a un lado la empresa de la edificación del embalse que le tenía ocupado para volcarse ya casi por completo en una ciencia que le acompañaría hasta su muerte.
En 1910, el Instituto Geográfico y Estadístico Español, cuya dirección había sido encomendada a Ángel Galarza, lanzó un ambicioso plan que consistía en la reorganización del servicio meteorológico español. Además, uno de los puntos más importantes fue el de establecer una red pluviométrica que abarcara toda España y que se sustentara por colaboradores, entusiastas que participaran sin cobrar dinero y con unos aceptables conocimientos sobre climatología y cultura general. ¿Y quiénes sino los maestros serían las personas idóneas para llevar a cabo dicha tarea? Francisco Hernández reunía todas las condiciones: era culto y disponía de un jardín en su casa, en el cuál colocar el pluviómetro reglamentario y los distintos termómetros para medir y enviar a las delegaciones del Instituto Geográfico de Zaragoza y Santander las variaciones de las diferentes variaciones de temperatura, desde las más cálidas a las más extremas. Las tarjetas que enviaba estaban cumplimentadas de una información detalladísima, limpias y ordenadas, donde se podía saber si durante las mañanas había llovido, nevado o si durante la noche habían subido las temperaturas. En ocasiones, la información adjunta que incluía Hernández hablaba de lo que no había ocurrido en Reinosa.
Una vez elegido, Hernández realizó y envió su primer informe el 9 de julio de 1911 y se convirtió en el “corresponsal” del Instituto Geográfico en la comarca, ocupándose de las mediaciones durante los siguientes años de poblaciones como Yuso, Abiada, Orzales o Santa Gadea, ocupándose exclusivamente de Reinosa veinte años después, en 1931, después de haberse labrado una gran reputación gracias a la exactitud de sus mediciones y a la puntualidad de sus envíos, teniendo en cuenta que tuvo que comprar él mismo una parte de los instrumentos que se necesitaban para realizar dicha tarea. Para la década de los treinta, Hernández y su familia pasaron a vivir en un edificio y el meteorólogo instaló parte de su equipo en la azotea y la otra parte en su despacho, contiguo al lugar de “operaciones”.
Los informes sobre la climatología de la Estación Meteorológica de Reinosa que Hernández remitía, incluían datos referentes a la presión, humedad, viento, nubosidad y pluviometría, además de detallar la cantidad mensual de nubosidad alta y baja, la velocidad del viento en distintas épocas del año y tablas que calculaban la media de visibilidad. Años más tarde y gracias a los avances técnicos, nuestro meteorólogo comenzó a medir el grado de insolación de la zona y gran cantidad de referencias sobre los cambios atmosféricos destinados a los primeros aeropuertos nacionales, actividad que al tener que compaginar con el resto de mediciones y su trabajo de maestro, tuvo que abandonar en 1965. La Medalla de Palta de la Ciudad de Zaragoza, concedida en 1918; la Cruz de Alfonso X El Sabio, en 1958 o el título de Comendador de la Orden del Mérito Civil, tres años más tarde, son algunos de los galardones otorgados a Francisco Hernández durante su larga carrera.
Juan Francisco Hernández González-Orejón de la Lama falleció el 30 de julio de 1976, después de haber consagrado su vida a la meteorología. Gracias a él, ha quedado constancia que la labor de medir la pluviometría y los distintos avatares de la climatología local resulta más laborioso que lo que mucha gente piensa. En la actualidad, Hernández está considerado por los estudiosos como una de las figuras más importantes y el único meteorólogo con la serie más larga acometida por un observador: desde el 1 de agosto de 1911 hasta el 13 de diciembre de 1975, nada más y nada menos que 64 años dedicados a la meteorología. No está nada mal para un colaborador altruista que se apuntó de manera voluntaria.

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